Hasta hace diez años en mi mente tenía la certeza de ser mamá una sola vez, del único hijo que tenía, pero nuestros planes no son planes de Dios. Al casarme, de un día para el otro ya no era mamá de un adolescente sino que me convertí en mamá de tres adolescentes y yo solo sabía ser mamá de uno. Creo que si no hubiera estado en los caminos del Señor no hubiera podido hacerlo, no por lo difícil que fuesen ellos, porque gracias a Dios eran ángeles a comparación con otros de su edad, lo cual también fue punto a mi favor. Pero que si fue difícil, sí lo fue, proveníamos de dos familias diferentes, y al unirnos formamos un cuadro de familia matizado por pinceladas de varios colores y tamaños que se completó después de tres años de casados con dos varoncitos más, así que ya no fui mamá de tres sino ahora de cinco hermosos varones.

Muchas veces me esforcé por hacer las cosas mejor como mamá a mi manera. También cometí errores, quería sean todos iguales sin darme cuenta que cada uno era diferente. No podía hacerlo en mis fuerzas. Un día el Señor me recordó que sola no lo haría, que tenía al Espíritu Santo para ayudarme cada día en la función que me había dado como mamá, y me dijo también que amar es dar: que debía dar y servir a todos por igual, que n tenía que esperar que fueran perfectos y entendí que cada hijo es una señal para nuestra familia. Cada uno aporta con sus dones y talentos una parte en nuestra familia, que el carácter de uno se complementa con el del otro, y he aprendido a amarlos como son. Ser mamá va más allá de un nacimiento de sangre, es un sentimiento que viene de lo profundo del corazón, donde no tiene que ser si nació o no de ti, si nos llama mamá o por nuestro nombre. Es tomar el lugar que Dios te ha dado en la familia y dar.. Tan solo dar, sin reconocimientos a cambio, y llegar a tener la satisfacción un día de ver los frutos en nuestros de lo que sembramos.

No soy la mejor mamá del mundo, pero si deseo mejorar cada día, y Dios me enseña que solo será con la sabiduría que viene de Él y los frutos del Espíritu Santo en nuestra vida, pues como madres los necesitamos; para dar amor, transmitir la paz en el hogar, mantenernos en gozo, tener la paciencia que día a día necesitamos, ser generosas con lo que damos, haciendo el bien, teniendo fe en lo que Dios hará, siendo mansas y obedientes a su palabra, teniendo el dominio propio para toda circunstancia que como madre enfrentamos. Madres, dejemos la mejor herencia a nuestros hijos que es la espiritual. Que los principios y valores que enseñemos lo hagamos con nuestro ejemplo. No nos cansemos de interceder por ellos, no dejemos que el mundo los arrebate, estorbarlos cuando tenemos que hacerlo, animarlos a levantarse cuando caen, amarlos y aceptarlos como son, bendecir sus vidas cada día declarando un futuro glorioso y de victoria sobre cada uno de ellos.

PSA. KELLY PALACIOS DE ORTIZ